Si son lector@s de este blog, ya sabrán que una de sus secciones es clasificar cierto tipo de usuarios, los Bibliofreaks, a través de su comportamiento y cómo los vemos los bibliotecarios. Son usuarios muy peculiares, que destacan mucho en nuestro día a día, para bien o para mal. Pero si hay algo capaz de grabarse más en la memoria que el comportamiento de un bibliofreak es el de 2 ó más combinados.
Hace un tiempo estuve con un compañero que me contaba cómo, cada tarde, el mismo freak aparecía por la sala para contarle un chiste (malísimo), en voz alta y apabullante, para luego quedarse un buen rato taladrándole la cabeza con sus teorías sobre OVNIS y otras historias. Mi compañero podía soportar con relativa paciencia el chiste de turno, pero el resto de la perorata le superaba día a día, sin que encontrara la forma de que dejara de molestarlo de manera definitiva.
Pero una tarde, la inspiración le vino a la cabeza y se le encendió la bombilla: delante del mostrador, otro usuario tan freak como el otro a su manera, o más, tenía su nariz pegada a la pantalla del ordenador, como cada tarde. Cuando el compañero recibía, por enésima vez, una clase intensiva sobre métodos de propulsión de naves tripuladas por hombrecillos grises, detuvo al amigo y le dijo:
- Mira, esto tendrías que contárselo a ese chaval de ahí... - señalando al que estaba sentado.
El de los chistes le miró perplejo y al cabo de un momento, le preguntó que a qué venía eso.
- ¡¿No sabes quién es ese tío?! ¡Ese tío es científico! ¡Estuvo a punto de ganar un Premio Nóbel de Física!
- ¿Ah sí? ¡Pues entonces voy a hablar con él!
Y se fue hacia el del ordenador. Supongo que las probabilidades de que se mande a alguien que viene en ese plan a donde amargan los pepinos pueden calificarse de enormes, pero el caso es que, como decía, el otro era tan freak o más y no sólo le escuchó, sino que juntos llevaron la conversación a límites insospechados.
Desde ese día, el primer usuario sólo cuenta el chiste... deja el taladro para el otro amigo.
Así que ya saben... ¿tienen un usuario agobiante? ¿Consumen analgésicos como caramelos para superar esas tardes de gloria? ¡No lo duden! ¡Busquen a la otra mitad de esa pesadilla y practiquen la Fusión! ¡Diversión asegurada, como en Bola de Drac!
viernes, 21 de septiembre de 2007
viernes, 7 de septiembre de 2007
Bibliotecas de verano: nuevos amigos
El verano me suele recordar el por qué me hice bibliotecario. Al margen de respuestas y comentarios obvios, como que me chiflan los libros y leer, y cualquier otra de calado similar, las prácticas que se realizan como parte del programa de estudios me revelaron el verdadero motivo de la vocación: la ilusión de un usuario cuando encuentra lo que busca. Sencillamente, no hay nada que se le pueda comparar. Es un rostro extasiado, una ventana al aspecto que tiene la felicidad cuando se muestra en su plenitud. Y te hace mantener la ilusión por tu trabajo.
En las públicas, este tipo de alegría se manifiesta desde el mismo momento en que la persona se hace su carnet. Y el verano es la época en que hacemos más, por lo que el fenómeno se multiplica. Hay gente que se lo hace como parte de una rutina, muchos de ellos porque les han dicho que hay internet gratis, pero hay un grupo de usuarios que descubren que muy cerca de su casa tienen un tesoro de ocio y cultura que no imaginaban que existiera... y sí, también gratis.
La escena suele ser como sigue: a media tarde aparece una usuaria o un usuario que no habías visto antes. Por cómo mira las cosas, es evidente que es la primera vez que pisa el recinto, y muestra una leve sonrisa. Se dirige a ti y pregunta para hacerse el carnet. Nada más fácil: con mostrar el DNI, el pasaporte, el permiso de conducir o la tarjeta de residencia, la cosa está hecha. Este tipo de usuario se distingue, además, porque pregunta las cosas y se interesa por los detalles: qué se puede llevar, cuánto tiempo, dónde lo puede encontrar, etc., y hasta que no lo tiene claro, no se va a por ello. Al cabo de un rato (un buen rato), este usuario aparece por el mostrador de préstamo con una tonelada de material y un brillo en los ojos que habitualmente se asocia a ciertas sustancias químicas con fama de adictivas. Lo que suele llevarse el primer día llega al tope de lo permitido y lo mejor es que lo va a usar de cabo a rabo. Ah, curiosamente más de la mitad de los usuarios suelen hacer este tipo de estreno en familia, y la media es de 2 niños por grupo, por lo que se suelen ir bien cargados. El mejor fue, para mí, un padre de familia que cuando se iba me dijo “Y pensar que tenía esto al lado de casa…”. Lo dicho, me encanta este tipo de gente tan agradecida.
¡Bienvenidos sean!
En las públicas, este tipo de alegría se manifiesta desde el mismo momento en que la persona se hace su carnet. Y el verano es la época en que hacemos más, por lo que el fenómeno se multiplica. Hay gente que se lo hace como parte de una rutina, muchos de ellos porque les han dicho que hay internet gratis, pero hay un grupo de usuarios que descubren que muy cerca de su casa tienen un tesoro de ocio y cultura que no imaginaban que existiera... y sí, también gratis.
La escena suele ser como sigue: a media tarde aparece una usuaria o un usuario que no habías visto antes. Por cómo mira las cosas, es evidente que es la primera vez que pisa el recinto, y muestra una leve sonrisa. Se dirige a ti y pregunta para hacerse el carnet. Nada más fácil: con mostrar el DNI, el pasaporte, el permiso de conducir o la tarjeta de residencia, la cosa está hecha. Este tipo de usuario se distingue, además, porque pregunta las cosas y se interesa por los detalles: qué se puede llevar, cuánto tiempo, dónde lo puede encontrar, etc., y hasta que no lo tiene claro, no se va a por ello. Al cabo de un rato (un buen rato), este usuario aparece por el mostrador de préstamo con una tonelada de material y un brillo en los ojos que habitualmente se asocia a ciertas sustancias químicas con fama de adictivas. Lo que suele llevarse el primer día llega al tope de lo permitido y lo mejor es que lo va a usar de cabo a rabo. Ah, curiosamente más de la mitad de los usuarios suelen hacer este tipo de estreno en familia, y la media es de 2 niños por grupo, por lo que se suelen ir bien cargados. El mejor fue, para mí, un padre de familia que cuando se iba me dijo “Y pensar que tenía esto al lado de casa…”. Lo dicho, me encanta este tipo de gente tan agradecida.
¡Bienvenidos sean!
domingo, 26 de agosto de 2007
Quis custodiet litterae?
sábado, 18 de agosto de 2007
... ¿y disculpen la atención?
Mi querida amiga M0rn3n me envía esta divertida foto:

"Muchas gracias por las molestias"
Visto en una tienda de Sabadell, Barcelona.

"Muchas gracias por las molestias"
Visto en una tienda de Sabadell, Barcelona.
viernes, 17 de agosto de 2007
Chorizos
- "Me han robado 5 euros y la tarjeta del metro. Te lo digo como anécdota. Adiós."
Y el usuario se fue por la puerta.
Esto me lo contaba hace pocas horas un compañero, tal como le sucedió a él. Lo que pasa es que, lejos de ser una anécdota, es el pan nuestro de cada día.
En las bibliotecas se roba mucho, seguramente más de lo que puedan imaginar. Y lo peor es que muchos de esos robos se podrían evitar, porque son pueden llegar a ser francamente absurdos.
En el caso del caballero que nos ocupa, dijo que había dejado la cartera un momento sobre la mesa. Quien fuera que le robase, tuvo tiempo de ver la cartera, abrirla, hurgar, seleccionar lo que se llevaba, y volver a dejarla ahí mismo. Uno diría "¿por qué deja alguien la cartera sobre la mesa y SE VA?" Pues no lo sé, pero lo que sí les aseguro es que habitual.
Parece que existe una curiosa tendencia, por parte de los usuarios de las biblios a dejar cosas a la vista, sobre la mesa, confiadamente, como si el lugar fuese inmune al latrocinio. ¡No caerá esa breva! La gente deja de todo. El robo más habitual, por lo que yo sé y he vivido en persona, es el móvil cuando la persona va un momento al lavabo. A ver... ¿tanto cuesta llevarse algo como el móvil? ¿O el bolso? Pues debe ser que la gente se compra móviles de plomo y rellena los bolsos con escombros de hormigón, porque los dejan en la mesa o en la silla para andar 10 metros.
Otro candidato ideal es el portátil. Cada vez hay más en las bibliotecas, ahora que tenemos conexión inalámbrica de buena velocidad, por lo que, con un par de descuidos, un chorizo cualquiera puede hacer su agosto. Lo mismo vale para PDA, MP3, y otro tipo de tecnología. Venden candados para el portátil, que permiten, según el modelo, bloquearlos para que no puedan usarse, o atarlos a algo. El otro día mis compañeras de la mañana tardaron en cerrar porque un usuario había dejado un portátil "encadenado", pero encendido, y se fue tan confiado. La verdad, no sé en qué pensaba: ante algo tan fácil, lo más probable es que le hubiese desaparecido la batería o cualquier otra pieza (la mayoría están a un solo tornillo de la extracción). Otras cosas que desaparecen con cierta frecuencia son las gafas (de sol o no), bufandas, paraguas, chaquetas...
Capítulo aparte merece el exterior, que tampoco es inmune. Ahora está en boga la bicicleta, medio de desplazamiento ideal para no contaminar, hacer ejercicio, y practicar insultos nuevos contra el ayuntamiento que toque y sus ideas para los carriles-bici. ¿Pueden creer la de gente que deja la bici en la puerta y entra "un momento" a coger una novela y salir? Más de las que deberían. Y como no, pasan cosas: el otro día lo hizo un usuario... y le robaron la bici en los siguientes 10 segundos. ¡¡Cómo corría el hombre para recuperarla!! No lo consiguió. ¿Y saben lo que es verdaderamente triste? Que delante del edificio tenemos un aparcamiento para bicis enorme, y la práctica totalidad de los que hacen la tontería llevan cadenas o pitones. Ay, la pereza...
En fin, que no se confíen. Jamás. Lleven siempre lo de valor encima, tanto si van al lavabo como si es a buscar un diccionario o a preguntarnos algo. (Casi) todas las bibliotecas tienen taquillas: úsenlas. Disfruten de su estancia en nuestros pequeños templos de cultura, pero no bajen la guardia. Por favor.
Y el usuario se fue por la puerta.
Esto me lo contaba hace pocas horas un compañero, tal como le sucedió a él. Lo que pasa es que, lejos de ser una anécdota, es el pan nuestro de cada día.
En las bibliotecas se roba mucho, seguramente más de lo que puedan imaginar. Y lo peor es que muchos de esos robos se podrían evitar, porque son pueden llegar a ser francamente absurdos.
En el caso del caballero que nos ocupa, dijo que había dejado la cartera un momento sobre la mesa. Quien fuera que le robase, tuvo tiempo de ver la cartera, abrirla, hurgar, seleccionar lo que se llevaba, y volver a dejarla ahí mismo. Uno diría "¿por qué deja alguien la cartera sobre la mesa y SE VA?" Pues no lo sé, pero lo que sí les aseguro es que habitual.
Parece que existe una curiosa tendencia, por parte de los usuarios de las biblios a dejar cosas a la vista, sobre la mesa, confiadamente, como si el lugar fuese inmune al latrocinio. ¡No caerá esa breva! La gente deja de todo. El robo más habitual, por lo que yo sé y he vivido en persona, es el móvil cuando la persona va un momento al lavabo. A ver... ¿tanto cuesta llevarse algo como el móvil? ¿O el bolso? Pues debe ser que la gente se compra móviles de plomo y rellena los bolsos con escombros de hormigón, porque los dejan en la mesa o en la silla para andar 10 metros.
Otro candidato ideal es el portátil. Cada vez hay más en las bibliotecas, ahora que tenemos conexión inalámbrica de buena velocidad, por lo que, con un par de descuidos, un chorizo cualquiera puede hacer su agosto. Lo mismo vale para PDA, MP3, y otro tipo de tecnología. Venden candados para el portátil, que permiten, según el modelo, bloquearlos para que no puedan usarse, o atarlos a algo. El otro día mis compañeras de la mañana tardaron en cerrar porque un usuario había dejado un portátil "encadenado", pero encendido, y se fue tan confiado. La verdad, no sé en qué pensaba: ante algo tan fácil, lo más probable es que le hubiese desaparecido la batería o cualquier otra pieza (la mayoría están a un solo tornillo de la extracción). Otras cosas que desaparecen con cierta frecuencia son las gafas (de sol o no), bufandas, paraguas, chaquetas...
Capítulo aparte merece el exterior, que tampoco es inmune. Ahora está en boga la bicicleta, medio de desplazamiento ideal para no contaminar, hacer ejercicio, y practicar insultos nuevos contra el ayuntamiento que toque y sus ideas para los carriles-bici. ¿Pueden creer la de gente que deja la bici en la puerta y entra "un momento" a coger una novela y salir? Más de las que deberían. Y como no, pasan cosas: el otro día lo hizo un usuario... y le robaron la bici en los siguientes 10 segundos. ¡¡Cómo corría el hombre para recuperarla!! No lo consiguió. ¿Y saben lo que es verdaderamente triste? Que delante del edificio tenemos un aparcamiento para bicis enorme, y la práctica totalidad de los que hacen la tontería llevan cadenas o pitones. Ay, la pereza...
En fin, que no se confíen. Jamás. Lleven siempre lo de valor encima, tanto si van al lavabo como si es a buscar un diccionario o a preguntarnos algo. (Casi) todas las bibliotecas tienen taquillas: úsenlas. Disfruten de su estancia en nuestros pequeños templos de cultura, pero no bajen la guardia. Por favor.
jueves, 16 de agosto de 2007
Bibliotecas de verano: el Efecto Guardería
Siempre recuerdo que mi primer trabajo en las públicas, como para la mayoría de los que estamos en ellas, fue una sustitución de verano. Cuando me contrataron, se me pasó por la cabeza el pensamiento de "Ah, verano... no debería haber mucha gente..."
Craso error.
Ahora que sé mejor cómo va el tema, comprendo la enorme tontería de pensar eso, pero si no se conoce, es más difícil. Básicamente, en verano viene mucha gente a las bibliotecas que están abiertas, pero la tipología de público cambia un poco.
En el caso de la sala infantil, donde me hallo ubicado últimamente, llamo a esa variación, sin demasiada sutileza, el "Efecto guardería". El motivo es muy sencillo: a grandes rasgos, y salvo excepciones, es en lo que nos convertimos. Curiosamente, este cambio se da porque las guarderías de verdad cierran, lo que precipita una oleada de progenitores con niños de muy corta edad hacia nuestras instalaciones.
Esto no es malo ni de lejos y este texto no es una crítica a ello. Lo que sucede es que esa corriente atrae una buena cantidad de usuarios nuevos, que no vienen durante el año y que, de hecho, no han venido nunca antes. Y eso, como decía, es bueno.
Lo malo es que algunos, al no conocer lo que son las bibliotecas, se alejan bastante de las normas de educación básicas. Vamos, que de hecho, más que no saber lo que es una biblioteca, no saben lo que es convivir con otros humanos...
Imagínese una sala poco llena, en silencio. Hay gente, pero si habla, lo hace en voz muy baja. De repente entra una pareja con un par de críos. Uno es un bebé. Está despierto y ya empieza a llorar. El otro es un terremoto de tres años que, tal como entra en la sala, se pone a correr, a gritar y a saltar. Esto es casi inevitable y es el pan nuestro de cada día, pero salvo por algunos recalcitrantes, el usuario medio ya sabe de qué va el tema y enseguida controla a sus vástagos. El usuario de verano se reconoce enseguida porque no sólo no va a decir nada a su retoño si la lía: encima sonreirá y/o lo alentará. Multipliquen eso por 10, por 20 ó por la cifra que más les horrorice y tendrán una asistencia como para provocar tembleque a la ludoteca más curtida.
Mientras los retoños desplazan muebles, lanzan muñecos cual granadas, o emiten agudos capaces de enviar al paro a sopranos de peso, los padres hablan por el móvil como si estuvieran en su casa, montan tertulias de la tarde, o se cuelan en los ordenadores destinados a los críos como si la carne de burro fuese transparente.
A todo esto uno destina una paciencia que no sabía que tenía y una capacidad de desplazamiento de un sitio a otro que semeja más al don de la ubicuidad que a la rapidez propiamente dicha. Lo máximo sería conseguir que no te mirasen con esa cara de “¿Y quién es éste que se atreve a sugerirme que mi angelito se porta mal?”
Y la culpa, por supuesto, no es de los críos. Incluso yo, que nunca me he avergonzado de reconocer que no me gustan los niños, tengo claro que la culpa es de los padres (¡ese Paiño!) Por eso me quejaba al principio del nivel de educación, que corresponde a ellos, y de la total ausencia del mismo.
El “Efecto guardería” se acentúa con los que dejan a los niños solos en la sala y se van a otras a conectarse a Internet o a leer el periódico, nombrándonos guardianes y soltando serpientes por la boca cuando nuestras palabras o nuestros hechos les recuerdan que los únicos responsables allí dentro de sus hijos son ellos y que nuestra carrera no es (habitualmente) psicopedagogía o magisterio.
En fin, les dejo, que se está colando otra bella criaturita por las escaleras del almacén, y la baba de los padres mientras contemplan como casi se rompe la crisma ya me llega a los pies.
Craso error.
Ahora que sé mejor cómo va el tema, comprendo la enorme tontería de pensar eso, pero si no se conoce, es más difícil. Básicamente, en verano viene mucha gente a las bibliotecas que están abiertas, pero la tipología de público cambia un poco.
En el caso de la sala infantil, donde me hallo ubicado últimamente, llamo a esa variación, sin demasiada sutileza, el "Efecto guardería". El motivo es muy sencillo: a grandes rasgos, y salvo excepciones, es en lo que nos convertimos. Curiosamente, este cambio se da porque las guarderías de verdad cierran, lo que precipita una oleada de progenitores con niños de muy corta edad hacia nuestras instalaciones.
Esto no es malo ni de lejos y este texto no es una crítica a ello. Lo que sucede es que esa corriente atrae una buena cantidad de usuarios nuevos, que no vienen durante el año y que, de hecho, no han venido nunca antes. Y eso, como decía, es bueno.
Lo malo es que algunos, al no conocer lo que son las bibliotecas, se alejan bastante de las normas de educación básicas. Vamos, que de hecho, más que no saber lo que es una biblioteca, no saben lo que es convivir con otros humanos...
Imagínese una sala poco llena, en silencio. Hay gente, pero si habla, lo hace en voz muy baja. De repente entra una pareja con un par de críos. Uno es un bebé. Está despierto y ya empieza a llorar. El otro es un terremoto de tres años que, tal como entra en la sala, se pone a correr, a gritar y a saltar. Esto es casi inevitable y es el pan nuestro de cada día, pero salvo por algunos recalcitrantes, el usuario medio ya sabe de qué va el tema y enseguida controla a sus vástagos. El usuario de verano se reconoce enseguida porque no sólo no va a decir nada a su retoño si la lía: encima sonreirá y/o lo alentará. Multipliquen eso por 10, por 20 ó por la cifra que más les horrorice y tendrán una asistencia como para provocar tembleque a la ludoteca más curtida.
Mientras los retoños desplazan muebles, lanzan muñecos cual granadas, o emiten agudos capaces de enviar al paro a sopranos de peso, los padres hablan por el móvil como si estuvieran en su casa, montan tertulias de la tarde, o se cuelan en los ordenadores destinados a los críos como si la carne de burro fuese transparente.
A todo esto uno destina una paciencia que no sabía que tenía y una capacidad de desplazamiento de un sitio a otro que semeja más al don de la ubicuidad que a la rapidez propiamente dicha. Lo máximo sería conseguir que no te mirasen con esa cara de “¿Y quién es éste que se atreve a sugerirme que mi angelito se porta mal?”
Y la culpa, por supuesto, no es de los críos. Incluso yo, que nunca me he avergonzado de reconocer que no me gustan los niños, tengo claro que la culpa es de los padres (¡ese Paiño!) Por eso me quejaba al principio del nivel de educación, que corresponde a ellos, y de la total ausencia del mismo.
El “Efecto guardería” se acentúa con los que dejan a los niños solos en la sala y se van a otras a conectarse a Internet o a leer el periódico, nombrándonos guardianes y soltando serpientes por la boca cuando nuestras palabras o nuestros hechos les recuerdan que los únicos responsables allí dentro de sus hijos son ellos y que nuestra carrera no es (habitualmente) psicopedagogía o magisterio.
En fin, les dejo, que se está colando otra bella criaturita por las escaleras del almacén, y la baba de los padres mientras contemplan como casi se rompe la crisma ya me llega a los pies.
miércoles, 15 de agosto de 2007
Esas prácticas mesas
La bibliotecaria avanza por una sala medio vacía. Son las 12 de la mañana y hay poca gente. El sol luce y el buen tiempo está quitando usuarios a la biblioteca. Aprovecha para colocar bien algunas sillas y recoger algunos libros que ya se han usado. De repente, no puede creer lo que ve. Un usuario tiene desplegado sobre la mesa un mantelito improvisado y come sin rubor alguno un enorme y grasiento bocadillo, regado con una lata de cerveza.
- Disculpe, caballero, pero aquí no se puede comer...
- ¿No? Y entonces, ¿para qué ponéis las mesas?
- Disculpe, caballero, pero aquí no se puede comer...
- ¿No? Y entonces, ¿para qué ponéis las mesas?
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